NO HAY PEOR VIOLENCIA CULTURAL QUE EL EMBRUTECIMIENTO QUE SE PRODUCE CUANDO NO SE LEE (del blog Leer porque sí)

miércoles, 6 de octubre de 2010

Poesía


No sé si calificarla como "poesía social", porque esa etiqueta tiene un nosequé de despectivo en el fondo. Es poesía, y Tejada Gómez fue uno de nuestros mejores poetas. Disfrutala, está en el libro Tonadas para usar...Y tal cual, es así, para usar...Palabra militante...


LA VELETA Y EL VIENTO



Como el mundo es redondo se aconseja
no situarse a la izquierda de la izquierda
pues, por esa pendiente el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.
Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.
Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.
Esas raras maneras del hartazgo
pueden ser distracciones pasajeras,
síntoma típico de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.


¡Hay que ser consecuente con la furia!


Escoger entre el viento o la veleta

lunes, 4 de octubre de 2010

Cuentos mínimos



El minicuento, el microcuento, el cuento que no pasa de una frase, una oración, quizá tres palabras. El cuento condensado como un rayo que llega y parte lo oscuro. ¿Probaste alguna vez acercarte al minicuento? Ya lo creo que es un desafío.



La boca del túnel, respirando en lo verde.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un cuento


MANDALA
A mi tía Paca, que vivía en un conventillo



El barco navegaba tranquilamente por esa extensión de mar sucio que no habían visto en otro lado. Muy marrón, muy lleno de tierra. No era el mar de Vigo, desde donde habían salido su madre, el hermano que ya era cura, Amador el panadero y ella, Paquita, la adolescente.

- Ahí está Buenos Aires- dijeron algunos en la cubierta del barco.Buenos Aires estaba ahí, al fondo de ese camino marrón. Buenos Aires y las palabras escritas por su tío Rufo Sastre, que había venido unos años antes y que los animaba a abandonar la miseria de su pueblo en Castilla.Buenos Aires le parecía imponente a sus pocos años. Y era en realidad así, aunque tardara algún tiempo hasta salir del Hotel de Inmigrantes para tocar la inmediatez de la ciudad.

En el laberinto porteño lograron armar su casa en un conventillo de la calle Pozos al 1000. Eran los años 40, la ciudad moviéndose al ritmo de cambios que se olfateaban en el aire, como ese olor a café hervido en las mañanas, que venía de las piezas del fondo y de los bares vecinos.

La avenida Entre Ríos quedaba a espaldas del edificio. A veces, con mucha atención, desde el patio mínimo, podían escucharse los tranvías que subían hasta el Congreso y bajaban hasta Constitución.

Una habitación enorme para cuatro personas. Una cocinita de chapa en el primer patio. El baño antiguo compartido con los inquilinos del fondo. Eso era todo. Ella no sabía si era mucho, comparado con la casa que habían dejado en Zamora; o si era poco, comparado con la vida que habían dejado allá.

Y en esos días de incertidumbre, de curiosidad, de nostalgia, de tristeza multiplicada por cuatro, la Paca había quedado encandilada por el dibujo del piso del baño, un piso de mosaicos de colores que, en figuras geométricas, marcaba el centro justo, justo donde había que pararse para que el espejo le devolviera su imagen.

Al principio no lo notó, con la preocupación de buscar el lugar adecuado para poder verse la cara y el pelo en el cuadrado miserable. Si se corría un poco, solo podía ver la punta de la oreja. Si se ponía en puntas de pie, se le veía nada más que el cogote.

-Eso ocurre porque eres pequeña- decía su madre.

En realidad, si no hubiera sido una castellana, tendría que haber dicho petisa. Porque pequeña, pequeña no era. Si ya tenía casi dieciséis años. Era petisa y tenía que contorsionarse para llegar a ver su reflejo.

Entonces, un día se dio cuenta de que no era necesario el ensayo y el error. Se dio cuenta de que si ponía los dos pies juntos en el lugar exacto del centro del dibujo, la imagen aparecía en el espejo. Caprichos de la construcción de un piso de mosaicos, que le servían a una adolescente petisa.

Empezó a trabajar en una fábrica de pijamas de hombre, casi al mismo tiempo en que su hermano cura se enfermó y se murió. Amador era el preferido de la madre. Amador, que extendía los brazos sobre la cabeza para que le sacaran la camiseta, como el niño que había sido pero que ya no era. Porque un buen día encontró a Rufa, otra castellana como él, que trabajaba en la radio de Jaime Yankelevich, como empleada de limpieza; se casó con ella y se fueron a vivir por la avenida Independencia, en otro conventillo.

Paca trabaja en la fábrica de pijamas durante todo el día, para ella y para la madre que la espera en la pieza de Pozos al 1000. A veces pasean por el Zoológico, cuando van a visitar a esas primas, también solteronas, que viven por Palermo, que ellas sí, tienen una casa propia. A veces suelen ir al puerto, a comerse unos bocaditos de pan y salame, mientras miran los barcos quietos, las sogas que los sujetan, los marineros, el agua marrón al filo del muelle.

Sin embargo, lo que la sigue atrayendo como un imán es el dibujo del piso del baño. No sólo porque situarse en el centro todavía hoy, que tiene más de treinta años, le sirve para que su imagen aparezca en el espejo. Sino porque, además, ese dibujo exacto, circular, tranquilizador, la lleva a otros lugares, a otras sensaciones, a escaparse del conventillo y la fábrica de pijamas, a correr por el monte en una mañana de otoño.

Parada en el centro del baño, temblando por el frío del invierno en la húmeda Buenos Aires, ella busca entre los dibujos de colores la casa, el humo de la chimenea, la felicidad de la infancia abandonada. Y esa sola sensación la ayuda a tomarse el tranvía en la madrugada helada para llegar a la fábrica y trabajar hasta la tarde.

Por supuesto que no conoce a alguien que se llama Jorge Luis Borges, que nació y vivió a dos cuadras de donde viven sus primas, Tránsito y Felipa. Por supuesto que ni idea tiene de Borges, de su Aleph, de la casa en el barrio del sur en donde estaba el punto que contenía a todos los puntos del Universo.

No lo sabe…Ella tiene, en el baño compartido del conventillo, un piso con laberintos circulares que la ayudan, la sostienen, la empujan a seguir en donde ella ya no quiere seguir.

Junio es muy frío en Buenos Aires. Las piezas de los conventillos son heladeras. Y levantarse tan temprano es un suplicio para el cuerpo y para los sabañones de sus manos de dedos cortitos. Pero hoy no importa…Hoy Paca va a ir con ganas a la fábrica porque en la pausa del mediodía se va a dar el gusto, junto con su amiga Lola, de pasearse por la Plaza de Mayo. Es como una escapada de estudiante. Es una trampita que ella misma se hace para acumular ganas de seguir viviendo. Ni a su madre le va a decir. Es un secreto guardado que le hace bien.

Entra en el baño sonriendo y, como desde aquel día que llegó, pone sus dos pies en el lugar exacto. Antes de ver su cara dormida en el espejo, mira…Mira el dibujo de las baldositas del piso. Mira y una inquietud que no sabe definir la invade. Mira y no ve lo que siempre encontraba: su monte, la chimenea, el cielo…Mira y el dibujo es grisalla…

Es sólo un momento…Cómo va a ver los colores, se dice ella misma convenciéndose, si la luz del baño alumbra cada vez menos.

-¡Qué colores vas a ver, Paca!- murmura y se ríe, mientras se peina apresurada para irse.

Ella no sabe del Aleph, ni de mandalas, ni de destinos…Sabe que hoy, por fin, con casi treinta y dos años, se va a hacer una escapadita a la hora del mediodía para pasear entre las palomas de la Plaza de Mayo. Y no se lo contó ni a su madre. Y lo está disfrutando tanto…

Con la Lola tomaron el colectivo pensando que llegarían a la Plaza alrededor del mediodía. Tenían que bajar justo enfrente, sobre Rivadavia, en la misma cuadra del Banco Nación. Y, como sucedía cada vez que se encontraban, los minutos no les alcanzaban para poder contarse todo lo que pretendían.

El colectivo fue más que puntual. Llegó a la Plaza a la hora en que tenía que llegar. Y el mandala de la Paca, el dibujo en el piso del baño, tuvo la exactitud que nadie hubiera podido anticipar.

Era el 16 de junio de 1955…Y las primeras bombas de los aviones navales comenzaban a caer sobre la Plaza…

miércoles, 22 de septiembre de 2010

lunes, 20 de septiembre de 2010

Juan compra pan


Seguimos con las funciones de Propp. Pero ahora limitados un poco más, reducidos a seis de esas funciones, sin perder de vista que la secuencia no puede ser ignorada.

Elijo las seis:

- Partida

- Prueba

- Recepción

- Combate

- Victoria

- Vuelta

Y la consigna de aplicarlas en el simple hecho de...ir a comprar pan.
No me pregunten por qué el protagonista se me vino vestido de Juanito Laguna. Ahí, las funciones de Propp no tuvieron nada que ver...¿O sí?


JUAN COMPRA PAN


Juan sabe que hoy, como todas las mañanas, tiene que ir a comprar el pan a lo de don Inolfo. Así que descuelga la bolsa de lienzo y sale de su casa. (partida)Llueve, el agua casi tapa el cordón de la vereda. Y Juan busca cruzar la calle sin que se le mojen las zapatillas de ir a la escuela. (prueba)
A mitad de la cuadra parece que hay menos agua; salta por ahí y de una corridita llega al negocio. ¡Qué suerte! Por la lluvia no hay nadie, nadie más que don Inolfo, que ya le está poniendo un pan flauta doradito en la bolsa.(recepción)
Al salir, no sólo llueve. El viento es cada vez más fuerte. El viento lo empuja para atrás, no lo deja caminar, se le mete entre la ropa mojada. A Juan lo único que le importa es que no se moje el pan flauta. Que no se moje, que no se moje, repite mientras sigue caminando.(combate)
Ja...No pudo el viento conmigo, piensa Juan(victoria) cuando abre la puerta de la cocina, sacudiéndose como el perrito del Nano. Ése sí que tiene suerte, tiene un perrito y todo.(vuelta)
Piensa Juan mientras deja el pan flauta sequito y agarra la taza de mate cocido con leche que le alcanza la mamá.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Don Vladimir y las hortensias


Es indudable que, si estás en un taller en donde el cuento es protagonista, no tenés más remedio que ir a visitar a los formalistas rusos, y a don Vladimir Propp. Que se leyó todos los cuentos tradicionales rusos para descubrir que, más que personajes, había estereotipos, cuya importancia no radicaba en lo qué eran sino en lo qué hacían.

Y don Propp encontró que, en esa estructura, 31 (treinta y una!!!) funciones respondían al esquema clásico de los cuentos clásicos. Y si lo apurabas un poco, también te rastreaba ese cúmulo de funciones en la literatura más contemporánea.

Que son demasiadas 31, es cierto...Que muchas se repiten, también. Pero no deja de admirarte el hecho de que cada cuento de hadas se organice siguiendo la secuencia. No están las 31, la mayoría de las veces, pero la secuencia sí, una detrás de otra, pif, pif, pif.

Así que la tarea para este fin de semana es:

Elegir por lo menos diez de estas funciones vladimirescas y ponerte vos, a escribir un pequeño cuento...

(en color y entre paréntesis, se detalla cada función, porque este es un ejercicio de taller literario, y el interrumpir con estas aclaraciones no le hace mal a esto, que indudablemente no es una obra de arte. )


EL JARDÍN DE LAS HORTENSIAS


Todas las tardes salía de su casa para ir al jardín de las hortensias. (alejamiento). Y allí esperaba...
Ella sabía que en algún momento...Pero ese peregrinaje era cansador. ¡Vaya si lo era! (prueba). Hasta que aquella tarde su paciencia se vio premiada. . Allí estaba, recortándose contra el fondo monótono de sus otras hermanas. La hortensia marfil meciéndose en el aire tibio, palpitando...
Con el corazón acelerado se acercó, al tiempo que sacaba del bolso la tijerita plegable. La tijerita china, pensó...Y cortó la hortensia color marfil, por la que había esperado tanto (recepción del objeto).
En su ensimismamiento no vio que Magretta, la vieja dueña del jardín, se le acercaba corriendo y sacudiendo un rastrillo. (persecución). Aferrada a su flor-talismán se escapó entre los senderos que, sin duda Magretta conocía a la perfección, porque la encerró en un recodo y la atacó con el rastrillo (combate). Afortunadamente sólo consiguió desgarrarle un trozo del abrigo (marca).
El terror la paralizó, pero su mano seguía firme, sosteniendo la hortensia marfil. De atrás de Magretta surgió como de la nada un perro enorme, un weimaraner gris que le pasó por encima a la vieja, dejándola sentada en la tierra húmeda del sendero. El mismo perro que, frenando su carrera, se detuvo a lamer la mano temblorosa que se cerraba sobre la hortensia (victoria).
Todavía con el miedo subiendo por su espalda, caminó las pocas cuadras hasta su casa. Su casa sin árboles, ni jardines, ni macetas siquiera. Entró en ella cuidando de no ser vista (regreso de incógnito) para poner en el florero de la habitación de su mamá enferma la hortensia marfil (tarea cumplida) . La hortensia que resplandecía junto a la débil sonrisa...(reconocimiento).

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Bukowski



¿Leíste a Charles Bukowski?




poesía


se requiere
de mucha
desesperación
insatisfacción
y desilusión
para
escribir
unos
pocos
buenos
poemas.
no es
para
todo el mundo
ya sea para
escribirlos
o siquiera para
leerlos.

(y acá el original, digo, como corresponde)


Poetry
it
takes
a lot of
desperation
dissatisfaction
and
disillusion
to write
a
few
good
poems.
it's not
for
everybody
either to
write
it

or even to
read
it.