NO HAY PEOR VIOLENCIA CULTURAL QUE EL EMBRUTECIMIENTO QUE SE PRODUCE CUANDO NO SE LEE (del blog Leer porque sí)

miércoles, 11 de enero de 2012

Escribir en argentino



"...La conexión de un hombre con su nacionalidad no me parece vaga porque finalmente es un hecho fatal biológico el haber nacido en Argentina de padres argentinos, o en Liverpool de padres ingleses. Dicho esto, creo tener el derecho de agregar que siempre me he sentido y me sigo sintiendo profundamente feliz y orgulloso de ser argentino, pero no por una razón muy especial, no porque crea que ser argentino -como lo piensan tantos argentinos- supone ser mejor que los chilenos o mejor que los bolivianos. Incluso me ha valido polémicas y enemistades el hecho de que con mucha frecuencia en declaraciones públicas o artículos yo insisto que sintiéndome profundamente argentino me siento todavía más profundamente latinoamericano. Es una experiencia de los últimos diez o quince años, cuando empecé a viajar por América Latina, cuando conocí sucesivamente países como Cuba, México, Venezuela, Perú, y descubrí que en todos ellos estaba en mi casa, con todo lo que tiene de negativa la frase, porque en casa de uno no siempre encuentra las cosas bien, en la casa está la familia y ya sabemos lo que son las familias. Pero está también el aspecto positivo, esa cosa hermosa que tiene América Latina que es compartir una lengua que a pesar de diferencias locales e insignificantes te hace verdaderamente sentirte en tu casa estés en Panamá, en Bolivia o en tu casa en Buenos Aires.
Entonces, mi argentinidad no solamente la reivindico, sino que quisiera terminar esta frase con una prueba muy simple: llevo 28 años en Francia, creo que conozco bien el francés y sin embargo hasta que me muera seguiré escribiendo en español; y más que en español, en argentino..."
(entrevista a Julio Cortázar en Sudestada de colección #1)

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cuento para la siesta de diciembre


Cuentos en el verano, el minimalismo y el humor negro de Silvina Ocampo: un niño, una soga, un juguete...



La soga


A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de
mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender
papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la
soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes
del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo
entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de
siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con
ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca, colgada de un árbol,
después un arnés para caballo, después una liana para bajar de los árboles,
después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos,
finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia adelante, la soga se retorcía
y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A
veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba
en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era
parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga
se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco,
obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel
movimiento de serpiente maligna y retorcida, que los dos hubieran podido
trabajar en un circo. Nadie le decía: "Toñito, no juegues con la soga".
La soga aparecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo.
Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más
flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi
opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos,
se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de
echarla al aire; como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba
prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de
sus manos para lanzarse hacia adelante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
—Toñito, prestame la soga. 38
El muchacho invariablemente contestaba: —No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sitio de la cabeza, que era
algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.
Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta?. ¡Hay tantas en el mundo!. En los barcos,
en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que
era herbívora; le dio pasto y le dio agua.
La bautizó con el nombre de Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada
movimiento, decía: "Prímula, vamos. Prímula". Y Prímula obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la
precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre
las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el
horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna,
hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia
atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le
golpeó en el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos.
La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba

miércoles, 6 de octubre de 2010

Poesía


No sé si calificarla como "poesía social", porque esa etiqueta tiene un nosequé de despectivo en el fondo. Es poesía, y Tejada Gómez fue uno de nuestros mejores poetas. Disfrutala, está en el libro Tonadas para usar...Y tal cual, es así, para usar...Palabra militante...


LA VELETA Y EL VIENTO



Como el mundo es redondo se aconseja
no situarse a la izquierda de la izquierda
pues, por esa pendiente el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.
Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.
Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.
Esas raras maneras del hartazgo
pueden ser distracciones pasajeras,
síntoma típico de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.


¡Hay que ser consecuente con la furia!


Escoger entre el viento o la veleta

lunes, 4 de octubre de 2010

Cuentos mínimos



El minicuento, el microcuento, el cuento que no pasa de una frase, una oración, quizá tres palabras. El cuento condensado como un rayo que llega y parte lo oscuro. ¿Probaste alguna vez acercarte al minicuento? Ya lo creo que es un desafío.



La boca del túnel, respirando en lo verde.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un cuento


MANDALA
A mi tía Paca, que vivía en un conventillo



El barco navegaba tranquilamente por esa extensión de mar sucio que no habían visto en otro lado. Muy marrón, muy lleno de tierra. No era el mar de Vigo, desde donde habían salido su madre, el hermano que ya era cura, Amador el panadero y ella, Paquita, la adolescente.

- Ahí está Buenos Aires- dijeron algunos en la cubierta del barco.Buenos Aires estaba ahí, al fondo de ese camino marrón. Buenos Aires y las palabras escritas por su tío Rufo Sastre, que había venido unos años antes y que los animaba a abandonar la miseria de su pueblo en Castilla.Buenos Aires le parecía imponente a sus pocos años. Y era en realidad así, aunque tardara algún tiempo hasta salir del Hotel de Inmigrantes para tocar la inmediatez de la ciudad.

En el laberinto porteño lograron armar su casa en un conventillo de la calle Pozos al 1000. Eran los años 40, la ciudad moviéndose al ritmo de cambios que se olfateaban en el aire, como ese olor a café hervido en las mañanas, que venía de las piezas del fondo y de los bares vecinos.

La avenida Entre Ríos quedaba a espaldas del edificio. A veces, con mucha atención, desde el patio mínimo, podían escucharse los tranvías que subían hasta el Congreso y bajaban hasta Constitución.

Una habitación enorme para cuatro personas. Una cocinita de chapa en el primer patio. El baño antiguo compartido con los inquilinos del fondo. Eso era todo. Ella no sabía si era mucho, comparado con la casa que habían dejado en Zamora; o si era poco, comparado con la vida que habían dejado allá.

Y en esos días de incertidumbre, de curiosidad, de nostalgia, de tristeza multiplicada por cuatro, la Paca había quedado encandilada por el dibujo del piso del baño, un piso de mosaicos de colores que, en figuras geométricas, marcaba el centro justo, justo donde había que pararse para que el espejo le devolviera su imagen.

Al principio no lo notó, con la preocupación de buscar el lugar adecuado para poder verse la cara y el pelo en el cuadrado miserable. Si se corría un poco, solo podía ver la punta de la oreja. Si se ponía en puntas de pie, se le veía nada más que el cogote.

-Eso ocurre porque eres pequeña- decía su madre.

En realidad, si no hubiera sido una castellana, tendría que haber dicho petisa. Porque pequeña, pequeña no era. Si ya tenía casi dieciséis años. Era petisa y tenía que contorsionarse para llegar a ver su reflejo.

Entonces, un día se dio cuenta de que no era necesario el ensayo y el error. Se dio cuenta de que si ponía los dos pies juntos en el lugar exacto del centro del dibujo, la imagen aparecía en el espejo. Caprichos de la construcción de un piso de mosaicos, que le servían a una adolescente petisa.

Empezó a trabajar en una fábrica de pijamas de hombre, casi al mismo tiempo en que su hermano cura se enfermó y se murió. Amador era el preferido de la madre. Amador, que extendía los brazos sobre la cabeza para que le sacaran la camiseta, como el niño que había sido pero que ya no era. Porque un buen día encontró a Rufa, otra castellana como él, que trabajaba en la radio de Jaime Yankelevich, como empleada de limpieza; se casó con ella y se fueron a vivir por la avenida Independencia, en otro conventillo.

Paca trabaja en la fábrica de pijamas durante todo el día, para ella y para la madre que la espera en la pieza de Pozos al 1000. A veces pasean por el Zoológico, cuando van a visitar a esas primas, también solteronas, que viven por Palermo, que ellas sí, tienen una casa propia. A veces suelen ir al puerto, a comerse unos bocaditos de pan y salame, mientras miran los barcos quietos, las sogas que los sujetan, los marineros, el agua marrón al filo del muelle.

Sin embargo, lo que la sigue atrayendo como un imán es el dibujo del piso del baño. No sólo porque situarse en el centro todavía hoy, que tiene más de treinta años, le sirve para que su imagen aparezca en el espejo. Sino porque, además, ese dibujo exacto, circular, tranquilizador, la lleva a otros lugares, a otras sensaciones, a escaparse del conventillo y la fábrica de pijamas, a correr por el monte en una mañana de otoño.

Parada en el centro del baño, temblando por el frío del invierno en la húmeda Buenos Aires, ella busca entre los dibujos de colores la casa, el humo de la chimenea, la felicidad de la infancia abandonada. Y esa sola sensación la ayuda a tomarse el tranvía en la madrugada helada para llegar a la fábrica y trabajar hasta la tarde.

Por supuesto que no conoce a alguien que se llama Jorge Luis Borges, que nació y vivió a dos cuadras de donde viven sus primas, Tránsito y Felipa. Por supuesto que ni idea tiene de Borges, de su Aleph, de la casa en el barrio del sur en donde estaba el punto que contenía a todos los puntos del Universo.

No lo sabe…Ella tiene, en el baño compartido del conventillo, un piso con laberintos circulares que la ayudan, la sostienen, la empujan a seguir en donde ella ya no quiere seguir.

Junio es muy frío en Buenos Aires. Las piezas de los conventillos son heladeras. Y levantarse tan temprano es un suplicio para el cuerpo y para los sabañones de sus manos de dedos cortitos. Pero hoy no importa…Hoy Paca va a ir con ganas a la fábrica porque en la pausa del mediodía se va a dar el gusto, junto con su amiga Lola, de pasearse por la Plaza de Mayo. Es como una escapada de estudiante. Es una trampita que ella misma se hace para acumular ganas de seguir viviendo. Ni a su madre le va a decir. Es un secreto guardado que le hace bien.

Entra en el baño sonriendo y, como desde aquel día que llegó, pone sus dos pies en el lugar exacto. Antes de ver su cara dormida en el espejo, mira…Mira el dibujo de las baldositas del piso. Mira y una inquietud que no sabe definir la invade. Mira y no ve lo que siempre encontraba: su monte, la chimenea, el cielo…Mira y el dibujo es grisalla…

Es sólo un momento…Cómo va a ver los colores, se dice ella misma convenciéndose, si la luz del baño alumbra cada vez menos.

-¡Qué colores vas a ver, Paca!- murmura y se ríe, mientras se peina apresurada para irse.

Ella no sabe del Aleph, ni de mandalas, ni de destinos…Sabe que hoy, por fin, con casi treinta y dos años, se va a hacer una escapadita a la hora del mediodía para pasear entre las palomas de la Plaza de Mayo. Y no se lo contó ni a su madre. Y lo está disfrutando tanto…

Con la Lola tomaron el colectivo pensando que llegarían a la Plaza alrededor del mediodía. Tenían que bajar justo enfrente, sobre Rivadavia, en la misma cuadra del Banco Nación. Y, como sucedía cada vez que se encontraban, los minutos no les alcanzaban para poder contarse todo lo que pretendían.

El colectivo fue más que puntual. Llegó a la Plaza a la hora en que tenía que llegar. Y el mandala de la Paca, el dibujo en el piso del baño, tuvo la exactitud que nadie hubiera podido anticipar.

Era el 16 de junio de 1955…Y las primeras bombas de los aviones navales comenzaban a caer sobre la Plaza…

miércoles, 22 de septiembre de 2010

lunes, 20 de septiembre de 2010

Juan compra pan


Seguimos con las funciones de Propp. Pero ahora limitados un poco más, reducidos a seis de esas funciones, sin perder de vista que la secuencia no puede ser ignorada.

Elijo las seis:

- Partida

- Prueba

- Recepción

- Combate

- Victoria

- Vuelta

Y la consigna de aplicarlas en el simple hecho de...ir a comprar pan.
No me pregunten por qué el protagonista se me vino vestido de Juanito Laguna. Ahí, las funciones de Propp no tuvieron nada que ver...¿O sí?


JUAN COMPRA PAN


Juan sabe que hoy, como todas las mañanas, tiene que ir a comprar el pan a lo de don Inolfo. Así que descuelga la bolsa de lienzo y sale de su casa. (partida)Llueve, el agua casi tapa el cordón de la vereda. Y Juan busca cruzar la calle sin que se le mojen las zapatillas de ir a la escuela. (prueba)
A mitad de la cuadra parece que hay menos agua; salta por ahí y de una corridita llega al negocio. ¡Qué suerte! Por la lluvia no hay nadie, nadie más que don Inolfo, que ya le está poniendo un pan flauta doradito en la bolsa.(recepción)
Al salir, no sólo llueve. El viento es cada vez más fuerte. El viento lo empuja para atrás, no lo deja caminar, se le mete entre la ropa mojada. A Juan lo único que le importa es que no se moje el pan flauta. Que no se moje, que no se moje, repite mientras sigue caminando.(combate)
Ja...No pudo el viento conmigo, piensa Juan(victoria) cuando abre la puerta de la cocina, sacudiéndose como el perrito del Nano. Ése sí que tiene suerte, tiene un perrito y todo.(vuelta)
Piensa Juan mientras deja el pan flauta sequito y agarra la taza de mate cocido con leche que le alcanza la mamá.